UNA HUÍDA HACIA ADELANTE

Transgénicos en alimentación

Pocas cuestiones generan tanto debate como los transgénicos. En Granjea nos oponemos totalmente al uso de transgénicos en la alimentación. Insistimos, en la alimentación, no entramos a valorar ni nos oponemos a otros usos de los transgénicos, como, por ejemplo, la producción de insulina en laboratorio.

Te vamos a explicar nuestras razones para oponernos a su uso en la alimentación.

¿Qué es un transgénico?

Esta pregunta es fundamental, pues aquí ya empiezan los malos entendidos. Un alimento transgénico es aquel derivado de un organismo modificado mediante ingeniería genética al que se le han añadido genes de otro organismo diferente (de otra especie) para obtener las características deseadas.

Es decir, creamos un organismo que jamás podría existir de forma natural, lo que implica que desconocemos qué impacto puede tener en el ambiente o en nuestra salud una vez esté fuera del laboratorio, al no haber sido, digamos, testado en la naturaleza.

Esto es muy diferente a la selección genética que, ya sea en campo o en laboratorio, lleva haciendo el ser humano desde el inicio de la agricultura, hace 10.000 años, donde seleccionamos individuos con las características deseadas y los cruzamos entre si para favorecer estas características.

Transgénicos: un problema disfrazado de solución

Examinemos por qué insisten en que debemos de producir y consumir alimentos transgénicos:

Porque aumentan la producción de alimentos

Este es un argumento muy recurrido, ya que una población mundial creciente necesita una mayor producción de alimentos. Sin embargo, aquí nos encontramos con dos falsedades.

La primera, que el problema actual del hambre en el mundo es la falta de comida, que necesitamos producir más. Sin embargo, los datos de la FAO demuestran año tras año que se produce comida suficiente para tod@s, y que su falta se debe a un problema político, de mala distribución y derroche, no a una escasez. Además, la gran mayoría de cultivos transgénicos no se han desarrollado para acabar con el hambre. Muchos de los principales cultivos transgénicos, como el maíz o la soja, se usan para alimentar al ganado que surte de carne las estanterías de los supermercados de los países del norte.

La segunda falsedad es que los transgénicos aumentan la producción. Un meta análisis (estudio de los resultados de múltiples estudios) en EEUU tras 20 años de producción y 13 de comercialización demostró que los transgénicos no aumentaron la producción, incluso hay estudios que indican que la bajaron.

Porque reducen el uso de pesticidas

Aquí los transgénicos trabajan en dos líneas. O se añaden genes de bacterias que producen toxinas que matan las plagas (como el gen Bt del Bacillus thurigiensis en el maíz y algodón), es decir, las plantas se fumigan a si mismas, o se añaden genes que hacen a las plantas resistentes a ciertos pesticidas.

El problema es que en ambos casos las hierbas y plagas que se querían erradicar han desarrollado resistencias cada vez más fuertes, a las que se reacciona usando más y más pesticidas. De hecho, un estudio tras 16 años de producción con transgénicos demostró que el uso de pesticidas lejos de disminuir aumentó un 24%. Curiosamente, las multinacionales (Monsanto-Bayer, Dupont, etc.) que tienen la mayoría parte de patentes de transgénicos son también los mayores productores de pesticidas.

Porque son seguros para la salud

Aquí la industria transgénica proclama que no se ha demostrado ningún efecto nocivo para la salud humana. Debemos de indicar lo complicado que resulta demostrar esto.

Primero porque la misma industria niega sistemáticamente el permiso a llevar a cabo dichos estudios por parte de científicos independientes. Y segundo, porque la misma industria presiona, y consigue, que no se indique en las etiquetas de los alimentos que estos son o contienen transgénicos, como pasa en EEUU.

En Europa sí deben indicarlo, pero sin embargo no te informan si la carne que comes viene de animales alimentados con transgénicos. Entonces, si es casi imposible seguirles la pista, ¿cómo se puede demostrar que su consumo es o no perjudicial?.

Aún así, hay estudios que apuntan a potenciales efectos negativos de los alimentos transgénicos sobre nuestra salud, como aumento de la toxicidad, alergias y propagación de resistencias a antibióticos. Además, su uso implica un aumento en el uso de pesticidas, que tienen demostrados efectos adversos sobre nuestra salud y la del planeta, como te contamos aquí.

Llegados a este punto nos parece que lo más razonable sería poner en práctica el principio de precaución, es decir, no consumir productos hasta estar seguros de su inocuidad.

Porque no afectan a la biodiversidad ni la soberanía alimentaria

Esto choca con la capacidad biológica que tienen los individuos de una misma especie de cruzarse entre si. Y cuando este cruce se produce entre un individuo transgénico y otro que no lo es, el o los individuos resultantes del cruce están contaminados genéticamente, ya que contendrán también los genes insertados en el progenitor transgénico.

Pensemos, además, que las semillas transgénicas están patentadas, así que quien quiera usarlas debe pagar por ellas.

Esto tiene dos implicaciones. Por un lado, empresas como Monsanto han demandado a cientos de agricultores por ‘usar’ sus semillas patentadas, cuando en realidad sus cultivos no lo eran pero fueron contaminados por cultivos transgénicos. Por otro, esta contaminación genética implica la pérdida de infinidad de variedades nativas de una especie, que como en el caso del maíz en Méjico, son la base de la alimentación de las poblaciones rurales.

El poder del lobby transgénico

El poder e influencia de las multinacionales con patentes de transgénicos es enorme. Esta industria ha desarrollado un lobby de presión a los gobiernos y una macro campaña de manipulación informativa a escala global. Ha conseguido incluso que 110 premios Nobel hayan firmado una carta acusando a Greenpeace de crímenes contra la humanidad por su oposición a los transgénicos.

Esta campaña se enfocaba en el arroz dorado. Ésta es una variedad de arroz transgénico rica en vitamina A que iba a ser usada en países en desarrollo, como Filipinas, para alimentar a los niñ@s que tienen un déficit en la misma, lo que les provoca serios problemas de salud. Sin embargo, lo que no se cuenta es que esta tecnología es aún inmadura. Variedades anteriores de arroz dorado habían afectado sin querer el metabolismo hormonal y ralentizado el crecimiento.

Pero lo que mejor resume esta situación es la siguiente frase: «si queremos paliar un déficit en vitamina A, ¿para qué inventarnos el arroz dorado si ya existe la zanahoria?«. Porque esa es la cuestión. La falta de vitamina A no está vinculada a su escasez en los alimentos sino a la pobreza. Por lo tanto, no precisa de innovadoras tecnologías de última generación para solucionarse. ¿No tiene más sentido procurarles los medios necesarios para que dispongan de una alimentación completa en vez de darles arroz dorado?.

Los transgénicos en España

Y en nuestro país, ¿cuál es la situación? Pues una vez más, lideramos la lista de malas praxis en países europeos. Datos de 2016 indican que España concentra el 95% de los cultivos transgénicos en Europa, principalmente en Aragón, Cataluña y Extremadura.

Entonces, si no aumentan la producción ni reducen el uso de agroquímicos, si son una amenaza para la soberanía alimentaria y la biodiversidad, si ni si quiera estamos segur@s de que no afecten a nuestra salud: ¿para qué usar transgénicos?. La respuesta es en realidad muy simple: para mantener los márgenes de beneficio de las grandes multinacionales propietarias de sus patentes.

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